Necrografías: una lectura sobre Monstruos Marinos de Gastón Carrasco

Por Federico González

 

“(…)el sol
se levantaba cuando el día era viejo para ellos
(“Los mares del sur”, Cesare Pavese)

 

    ¿Quiénes habitan el mar? El poema pavesiano devuelve con desdén solo la sombra de ellos. Gastón Carrasco repite: ellos, “cuando el sol despierta con el ruido de los remos”. Repregunta: ¿quiénes son? El poeta chileno acaba de publicar su poemario Monstruos Marinos con una deliciosa edición ilustrada de Overol y mientras se hunde en la profundidad del océano agrega: ellos, los monstruos marinos, ¿qué son?

    Evitaría la  referencia directa a Moby Dick. Pero no, ineludible. Carrasco se obstina en remarcarlas. El homenaje a lo largo del poemario parece, lejos de la parodia borgeana, una degradación más o menos voluntaria de la famosa voz literaria: “supongamos que me llamo Ismael”. Así abre el poemario, con la inseguridad de un supuesto- y ya conocido- narrador. En un “Diario de un naufragio”, como se titula el primer texto. Curioso, porque parece, en cambio, una aclaración metodológica, un romántica mini-bio para una carta de presentación, un fragmento de confesión patética, o finalmente un  ejercicio más a través de los géneros literarios. “De un naufragio”. Primer fallido: “intento llevar un registro de mi viaje(…) Y no funciona, no funciona, me mareo.”

    ¿Debería haber empezado por los paratextos?[1] Un guiño a Moby Dick, sí,  como era de esperar. Carrasco nos da una cría de ballena epigráfica. Aunque ligeramente trastocada. Hay una incisión, luego un pequeño injerto: dos citas de Francisco Coloane y una de Manuel Rojas. ¿Y ellos también son monstruos literarios? No aún. Basta hacer una rápida búsqueda por Google para pensar por qué ocupan un lugar entre Lovecraft, Elliot o Shakespeare. Coloane, primero: poeta chileno del último decenio del siglo XIX; podría haber sido el Melville local, me corrijo, es el Melville local: frustrado hombre de letras marítimo. Dos, Rojas: reconocido escritor de principios del siglo XX, narrativa realista del mundo  marginal del mar.

    El  gesto literario de Carrasco de proponer una tímida adaptación al canon tradicional es su licencia de batalla-se respeta-. Desde ahí se podrán leer las referencias clásicas que pueblan el libro: la voz legitimida ya ingresa rasgada por otras, desgastada por el tiempo o la acumulación de muertos encima. Está condenada a disolverse, sin miras a reemplazarla por nada más prometedor.

    Tenemos una voz narradora, cazador, monstruo, arponero, una voz que se declara muerta o por-morir, o suficientemente frágil para desaparecer en cualquier momento. Este Ismael es el intento de hablar desde la muerte- ambicioso-. Una de las claves de este poemario parece revolverse en la idea de arrancar una voz y una escritura de los cuerpos degradados o muertos: los fantasmas, los esqueletos, los naufragios, los cadáveres.

    Carrasco despliega toda la arquitectura endeble de una Iglesia de la Necrología. La curia necrósica de los cazadores de “ojos opacos/ ojos de peces muertos” parece encargarse de un culto involuntario: “los barcos son iglesias” y “los esqueletos de ballenas son iglesias”. La insistencia en la analogía religiosa se continúa en la divinidad fluida del mar: “sin amo, el océano gobierna”. Los viejos monstruos perdieron el poder: fueron perseguidos, han sido cazados, los llevan a los puertos donde se volverán los productos del consumo cotidiano del “Mercado”. El monstruo solo vive en el artificio de la leyenda: una mitología vivida como realidad es declaradamente imposible. Sucumbe en las tablas donde se trozan los róbalos gigantes. Junto al hueso quebrado, se alimentan los marinos y “ a lo lejos se oye el resoplo/ o la bufa de las bestias”. En el rumor, ya no se sabe -nunca se supo- quiénes son las bestias.

    ¿Quiénes son los monstruos marinos? El Kraken descansa en “las grietas del mar abisal”, destinado a ascender en el momento del Juicio Final. Pero su realidad es fútil: “(…) para ser visto una sola vez por los hombres/ y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie.” El juego entre la profundidad oscura y la superficie atravesada por la luz no simula el eje vertical de Salvación- Perdición: la ruina y la muerte ya están dadas en lo profundo y allí permanece el olvido con la última mitología; pero en la superficie tampoco hay nada, reino de lo que muere, y de lo que se degrada y se pierde. En “Cuerno de niebla” aparece una de las imágenes más impactantes del libro: “el cementerio de cetáceos” en la niebla. Se concentran allí las “reliquias” de esta Iglesia. Y la advertencia de un barco a otro es inútil. El conocimiento de la muerte y su transmisión solo se da a través de la muerte, a través del “peligro/ de navegar por ahí entre los cádaveres”. No hay espacio para la compasión frente a la muerte. Monstruo muerto sobre monstruo muerto, simple redundancia cotidiana, y “la niebla no se disipa, es hora de nuestro descanso”. La topografía que se construye remite a un espacio siempre en constante cambio. No hay tierra para estos seres, la tierra es el mar, y el mar es un Dios-cementerio donde ellos son apóstoles de los huesos: naufragan dentro de esqueletos de ballenas, son perseguidos por los fantasmas legendarios de sus víctimas o por los no menos literarios piratas ectoplásmicos.

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    Las referencias fabulosas remiten a la literatura cánonica como así también a las leyendas populares. El folk choca con el canon y en los pliegues aparece la voz del poeta-narrador de Carrasco. En ese mundo hostil, la sensibilidad que busca sobrevivir solo existe en los desgarros al entretejido literario.  El Kraken no forma parte de la entrada del diario de viajes, sino que es una traducción[2] del viejo poema de Tennyson; las referencias a los monstruos fantasmales responden a las leyendas japonesas de Bake-kujira, los barcos espectrales a las leyendas sobre el Caleuche en el sur de Chile[3]. El monstruo pierde su aura mitológica, pierde una realidad: solo existe en la traducción fallida de un poema. Y así también se bambolea en el oleaje la representación de la experiencia de Ismael.

    Bitácora, traducción, poema. Ismael hace poema de su experiencia. El fracaso declarado al inicio es un principio metodológico, no es una declinación ante la tarea. Es la pauta de escritura. Primer punto de partida: “Supongamos que mi nombre/ es Ismael, supongamos/ que dios me escucha/ y no tengo nada bueno/ que contar”. Ritmo abrupto, y torpe. Dios escucha pero no hay nada que valga la pena decir: el elegido no puede hablar. La experiencia no es más que la literatura que falla en su doble tradición de decirla. Aún así se insiste: ¿qué decir?, ¿cuál es el poema del monstruo?, ¿cuál es el cuerpo para la voz desde la muerte?, ¿cuál es el poema? Quizás esta es la mejor pregunta que se le escapa a Carrasco en el poemario, a pesar suyo y de sus pequeños monstruos. O Perdón, podría corregirme, a pesar de Ismael, a pesar suyo, y de su espástico intento de decir.

   Dentro del poemario se pueden agrupar los poemas que invierten una causalidad re presentativa: el arte inspira la representación de la experiencia “real”. En “Los campesinos del mar”, la imagen de la realidad se construye desde lo ya representado en el arte pictórico y  a partir  de un símbolo importante: el arpón. En este caso, aparece comparado a los lápices que dibujan la escena. Su significación reúne dos  tópicos fundamentales para leer los textos: muerte y deseo, unidos en la violencia. El arpón encarna la muerte, carnea los cuerpos, es la herramienta de caza por antonomasia. Pero también representa un deseo incontenible: “(…)sé que lees con mi voz estas líneas/y rasgas con mi arpón la piel oscura/ de tus noches”. Este tipo de fragmentos aparece casi exclusivamente en los poemas más cercanos al género del diario, único espacio para una sensibilidad diferente. Aunque sea destruida por el ambigüo valor del arpón. En el resto de los poemas el arma asesina siempre tiene el mismo valor para los monstruos-para todos los monstruos-. Cualquier forma de la sexualidad viene asociada con una inocencia sin lugar: son dos espacios reprimidos, desplazados o literalmente destrozados, al punto de la negligencia fatal: jóvenes cazadores se suicidan sin pasar desapercibidos, ballenas asesinadas criaban niños adentro, polizontes infantiles gangrenados se acumulan como lastre de barco. Y la violación de niños condensa el recorrido: Carrasco relee e Ismael recupera en su diario un episodio de El Chico, de  Hinley. Otra vez: quiénes son ellos. La bestia cazadora da caza al monstruo, y en el camino humano, no deja de ser bestia nunca: “No se puede confiar en quienes tienen los ojos/ de un pez muerto(…)qué son los espantos de la tierra/ en comparación al mar que te interroga/(…) todos tenemos los ojos de un pez muerto(…)/. Los cuerpos hablan desde la muerte, el mar interpela a Ismael, le da la voz para decir otro mundo diferente. Lo intenta. Falla. Se refugia en la memoria. Falla. Pero no deja de intentarlo.

    El arpón entonces acude en nombre del arte. El hecho estético es recuperado por la realidad. En esa re-representación de sí, es negada y sin embargo es la única forma en que se nombra. En los pliegues del mar y de las heridas cicatrizadas el arpón podría romper una costra de memoria y de realidad, podría penetrar en la neblina y madera podrida desde la voz del poeta. Hay  algo terrible que parece inacabable, Ismael falla en rasgar ese mundo, se aferra a la espera del recuerdo de otra realidad: pero no hay nada que recordar, no hay nada que decir.

    El diario es un poemario- o colección de necrografías-. El arte intenta retener algo esquivo: “mímica de un fondo sin fondo, un mar sin mar”. En ese constante fracaso entre arte, deseo y memoria se sostiene la continuación de los días: “tu recuerdo hará de mi muerte algo tolerable”.

    Ismael no dice, intenta poema. La materialidad de su mundo busca alojar la voz de la muerte. Y eso parece indecible. Queda el lamento o la risa nerviosa: “El capitán lamenta dejarlos morir/ ellos se ríen.”). El monstruo se diluye entre los seres, no hay taxonomía de las bestias. La pregunta es por el poema. Si el árpon atraviesa los tejidos de la lengua, los que viven muertos hablan.

    En Fin de partida, frente a la pregunta de Clov por el sentido de lo que siempre es sin otra razón, Hamm responde: “Ah, las personas, las personas, hay que explicarles todo”(…). “Los campesinos del mar” parecen de acuerdo; y saben que ya no hay personas. Los monstruos preguntan en vano, si en verdad “no hay por qué explicarle cosas a los muertos”.

[1] El entrelazado literario también incluye el arte pictórico que ilustra el libro y que recoge grabados, fotografías y dibujos como necrografías o testimonios de las reliquias fúnebres y artísticas del mundo del mar.
[2] Y diría algo fallida, aunque él la propone como “adaptación”, pero poco importa.
[3] En el poema “Nadie entra en las tierras del Caleuche”, la voz narradora entrecruza en su discurso no solo la difusa representación de su experiencia con la leyenda sino también las referencias a Moby Dick como si el verosímil literario alcanzara otro estatuto realista en la forma de una  letanía, o “anécdota de viejo pescador”.