Magnetizado, de Carlos Busqued

Por Deni Rodríguez Ballejo

   En una entrevista que le hacen a Carlos Busqued por Infobae, el autor se refiere a este libro como precisamente eso: un libro, no una novela. Dice que es su segundo libro y menciona una segunda novela que seguramente en algún momento saldrá.

   A decir verdad, la primera, Bajo este sol tremendo, fue una aparición que dio bastante de qué hablar, sobre todo en Argentina: muchos la elogian, algunos las desprecian, como siempre, pero lo que puede afirmarse con seguridad es que ha sabido tener una justificada repercusión.

   Ni bien salió Magnetizado, sentí esa curiosidad de saber qué había hecho esta vez este extraño escritor que sabe tener una simpática y curiosa presencia en redes sociales, sobre todo en Twitter. Me interesaba ver qué había pasado con su narrativa, su visión, su crecimiento (si es que esto acaso existe), a lo largo de todos estos años.

   La realidad es que este libro desconcierta un poco. Es, principalmente, una serie de entrevistas a un asesino de taxistas. Mató a cuatro en un corto plazo de tiempo durante septiembre de 1982 y fue delatado por su hermano. Después de eso pasó al ostracismo. Excepto por una nota en La Nación del año 2006 (este libro fue terminado 10 años después), nadie vuelve a recoger información o preocuparse por el destino de este muchacho. Al terminar la lectura del libro uno busca la consolación de la imagen e intenta googlear alguna foto, aunque sea de joven, pero nada, ni una pista.

   Magnetizado comienza con una cita de la Ley de Ampère, un indicio y a la vez un juego. Después, de inmediato, la voz del entrevistador: “Me contaron de alguien que te vio levitar”, le dice, y desde ahí comienza a elaborarse el personaje. El tatuaje, la voz sobria del entrevistado, sobria, como calificará posteriormente Busqued a la serie de asesinatos que cometió muchos años atrás, cuando tenía apenas veinte años.

    Comenta el fiscal que le tomara su primera declaración que estaba como apabullado, que al narrar lo sucedido sencillamente aguardaba hasta que una voz le dijera “ese”, y simplemente se subía al taxi para pasear un poco y terminaba por asesinarlo de un solo tiro.

   Después vuelve la entrevista: la infancia, “una total falta de atención a lo que pasaba alrededor”, menciona. Después su mala relación con la escuela, su fascinación por las enciclopedias “Lo sé todo”, los diccionarios, la temprana elaboración de una especie de “mundo paralelo”. (¿No es lo mismo que le sucediera a Cetarti, a Danielito?)

   “Mi madre consideraba que los hombres eran un aborto mal hecho”, cuenta. Esa madre que lo golpeaba y tenía gran afición por el espiritismo marcaría a fuego su vida. Relata con detalle no solo los golpes, también las experiencias con la santería, las capillas donde se reunían, la manifestación de los espíritus. Ahí aparece un poco este tema de “canalizar”, en un retorno a la idea de la ley de Ampère, la idea de canalizar una corriente que a su vez genera un campo magnético. Pero el magnetismo aparecerá como metáfora y como equívoco.

   Esta extraña infancia evoca un sujeto desvinculado del resto, sin ningún tipo de patrón afectivo, apenas unas mascotas entre las que está un gato del que se cuentan anécdotas que están entre lo desopilante y lo terrorífico. Más cerca de lo terrorífico, diría, pero creo que escindirse de la idea del terror y el dolor para pensar una vida como la de Ricardo Melogno es lisa y llanamente una estupidez, por más que el personaje se nos aparezca tan benévolo, sincero y capaz de reflexionar con una honestidad conmovedora.

  Con la entrevista va avanzando la historia y nos enfocamos en la época de los asesinatos: es sorprendente, de algún modo no podemos evitar quedar boquiabiertos ante aquel lapso (¿brote psicótico? ¿Pérdida de la sensación de realidad? Quizá algo de las dos cosas…) tan corto donde efectivamente comete los delitos que lo tienen preso hace tantos años. Reservo esa parte al lector curioso.

   En tan solo un mes se desarrollan los acontecimientos. En el relato del primer asesinato aparece un rastro que posteriormente el libro retomará: la mirada que no se reconoce en el espejo, apenas un momento donde el sujeto se escinde de sí mismo, pero después la sorpresa por el hecho de “lo tonto que era matar”. Me gusta mucho esa parte, Melogno advierte cómo el relato social (él lo denomina “la enseñanza social”) se desvanece, se rompe el velo de la muerte ante él y no es más que fumarse un cigarrillo en el asiento trasero. Dice que está en el coche diez, quince minutos, para asegurarse de que el conductor está muerto. Sin embargo el texto es más ambiguo: el entrevistado dice “para tener la seguridad de la muerte”.

   Lo que más me gusta es lo que hace después de asesinar: campante va hasta a un bar: “Los Dos Hermanos”, y pide una suprema a la napolitana y postre. Más adelante se referirá a eso como una especie de celebración. Sin embargo no veo de su parte un goce en el hecho de haber asesinado, inclusive, lo que creo que el libro trata de explicitar es el placer que el tipo siente con esa comida; efectivamente siente el sabor de ese plato, de ese postre de chocolate, la celebración no viene mediada por un acto tanático, sino más bien erótico, de mero placer circunstancial. Es esa naturaleza con la que vive las muertes la que llama especialmente la atención.

   Con respecto al título, está claro que Busqued se aferra a un hecho anecdótico, bastante macabro, para elaborar una especie de marco metafórico al libro. Sin embargo, Magnetizado es un libro crudo, que no parece tener grandes ambiciones narrativas. Uno podría pensarlo más bien como un documental, una serie de encuentros entre un entrevistador y un asesino mediado por algunos testimonios de gente a la que alguna vez le tocó tratarlo.

   “Recuerdo la satisfacción del después, de irme a comer una suprema a la napolitana con papas fritas y mousse de chocolate de postre, y me acuerdo que estaba riquísimo”. Repito, no hay saña acá, es otra cosa.

   En fin, creo que Magnetizado no es el libro que esperábamos de Busqued, al menos los que, como yo, pretendíamos que nos diera una nueva novela con, al menos, una atmósfera o un exotismo similar a la anterior. Considero que más allá de un manojo de buenas anécdotas y la empatía que podamos generar con este controversial personaje, el libro, fuera de lo que podamos pensar a la luz (¿o debería decir a la sombra?) de la anterior novela, no permite elaborar mucho más y nos deja con las ganas de una intervención más potente del autor, nos deja aún esperando.