En el siglo XXI Carver es mujer: imágenes de la obra de Lorrie Moore

Por Mora Monteleone

Harry vivía cerca de Times Square, encima de un negocio de sexo que ofrecía CHICAS POR 25 CENTAVOS. Hacía cinco años que vivía ahí y nunca había entrado en la planta baja, hecho del que se sentía orgulloso. En la tierra de las perversidades, había mantenido la perversidad de la negativa.

               “Vissi d’art”, Like life, Lorrie Moore

 

     En 1990, la joven autora norteamericana Lorrie Moore había publicado Like life. Ocho cuentos protagonizados por personajes adultos, o mejor, personajes en los que la adultez se presenta como una sirena sonando cada vez más cerca. En “Vissi d’art”, Harry es dramaturgo. Tuvo éxito siete años atrás con su ópera prima y desde entonces había estado trabajando en lo que, según esperaba, sería su obra maestra. Vive en un departamento que cae progresivamente a pedazos. Su novia decide abandonar el lugar porque él se niega a hacerlo, y las conversaciones entonces telefónicas devienen una voz en el contestador automático.

Harry colgó. Puso sus discos de María Callas, todos en pila sobre el fonógrafo, para que cayeran uno después del otro y se fue del departamento a rondar las calles de nuevo, a buscar un quiosco abierto, un café de veinticuatro horas en el que no pusieran una cereza al marrasquino sobre el pastel de arroz, porque cuando había cerezas, incluso si uno las sacaba enseguida, siempre quedaba la marca, empapada, como sangre de Walt Disney.

    En “Además, usted es fea”, Zoë es profesora de Historia en una universidad del Medio Oeste. El departamento de nueve hombres solía alegrarse de tenerla (…) Además habían tenido reputación de discriminación por sexo, y el decano había dicho que, bueno, ya era hora. Zoë visita a su hermana menor Evan, que va a casarse. En la lujosa casa se festeja Halloween. El disfraz de Zoë es un sombrero con un hueso que simula atravesarle la cabeza. Evan quiere presentarle a un hombre. El tipo tiene como disfraz unas tetas de mujer de plástico.  

     Hace un mes yo escribí: hoy un huracán arrasa los Estados Unidos. Edificios enteros se derrumban, barrios completamente ahogados, algunos con gente adentro. Millones de personas evacúan, dejando sus casas y autos, si los tenían, atados con sogas. Hay perros que hace días aúllan solos adentro de casas vacías. La guerra no se suspende. ¿Cómo escribir, desde adentro, la cultura norteamericana de la clase media universitaria del siglo XXI?

     En 2015 se publicó Gracias por la compañía, el último libro de Lorrie Moore. En el original, el título es Bark, palabra que alude al ladrido de un perro o a la corteza del árbol. Tres epígrafes, el último es de Amy Gerstler (“Interview with a Dog”): No seas huraño. Todo lo que cae al suelo es mío. Ocho cuentos con elenco y escenario similar: personajes que habitan, al mismo tiempo, la mediana edad y los Estados Unidos. La cortina musical también es compartida, algunas veces más implícita y otras en forma de una radio prendida que enumera las bombas explotando en Irak entre otras turbulencias.

Aunque Kit y Rafe se habían conocido en el movimiento pacifista, maniféstandose, organizando, haciendo carteles contra la energía nuclear, ahora querían matarse.

     Así empieza “Pérdidas de papel”, el tercer relato de Bark. Kit recibe una citación de divorcio. Su marido, en el sótano de la misma casa, construye cohetes de juguete:

Como una persona, un matrimonio era irreconciliable en la muerte, aunque lo enterrasen con un traje excelente. Sobre los papeles había una carta de Rafe que sugería el aniversario de su boda en primavera como fecha final de divorcio. <<¿por qué no completar la simetría?>> escribió.

     Kit y Rafe no cancelan unas vacaciones a Latinoamérica previamente pagadas, junto a sus hijos. Duermen en la misma habitación, camas separadas. Durante el día, vallas impiden a niños ecuatorianos pisar la arena exclusiva del hotel.

En la playa la gente leía libros sobre los genocidios de Ruanda y Yugoslavia.

     

     Una vez, a los dieciocho años, le pregunté a un norteamericano de mi edad cómo hacía para vivir en Estados Unidos. Dije, seguramente se vuelve más difícil vivir en Medio Oriente en este momento —cuando hablaba intentaba ser clara en las imágenes porque mi inglés dudosamente lo fuerapero me refiero a cómo hace uno para despertarse todos los días en un Estado que hace años somete al exterminio, vestido de guerra, a miles de personas; un país nutrido de muerte. El chico, que era músico en Brooklyn, hijo de argentinos, y que estaba, como casi todos, en contra de la guerra, me respondió un minuto después, con la amabilidad de lo honesto: —well; I don’t know. Después sonrió y las primeras notas de la banda de jazz empezaron a inundar ese bar lleno de pequeñas lucecitas, escondido del frío en una noche normal de Manhattan.

     ¿Qué es lo normal en esa coyuntura? Lorrie Moore parece observar algo sobre las estructuras rotas, esas que hoy aparecen vacilantes, como pegadas por un material vencido. El primero de estos ocho relatos se llamó, en inglés, “Debarking”, y en castellano, “Muda”. Ira llevaba seis meses divorciado y aún no podía quitarse el anillo de bodas, empieza el cuento. Se presenta a un protagonista indefenso en su desfase temporal. Lo vemos llegar como si algo hubiese arrasado con él dejándolo en la ruta, desnudo, pero con un anillo que lo une a un amor muerto. Inaugura el modo de relación que, sabremos, Ira establece con las cosas: el deseo de ensamble es más fuerte que el ensamble mismo. Entabla un vínculo con una nueva mujer que, un día, entiende desquiciada. Zora es pediatra, esculpe pequeñas esculturas de adolescentes desnudos y tiene un lazo demasiado estrecho con su hijo, casi sexual. Pero Ira ya está enamorado. Es tarde, como en todos los cuentos de Gracias por la compañía.  

     Más aún que en Like life, los protagonistas de este libro aparecen como arrojados. Cuando los encontramos, nos parece que están perdidos hace ya un tiempo: alguien tenía que venir a hacer la visita guiada por la vida pero no apareció nunca, se enfermó, y los turistas tuvieron que caminar por sí solos, perdiéndose en zonas donde los mecanismos de defensa no captan el wifi. Al costado de la ruta, y como un hotel de empapelados con manchas de humedad, el matrimonio sigue siendo una de las formas del desamor que encierran a los personajes. Pero el elenco de Bark se diferencia del de Like life en que, además de todos los otros problemas, esta generación tiene hijos. Y en la mayoría de los casos, éstos son inteligentes y aparecen como una amenaza no calculada, la mirada de la cruel lucidez infantil. Una niña puede realizar las combinaciones de palabras capaces de destruir a un padre recién divorciado, y puede hacerlo sin dejar de masticar golosinas. Quizás porque los niños de Gracias por la compañía se presentan como lo único indestructible, pequeñas eminencias que basan su fortaleza en una aparente capacidad de prescindir de eso que anula a sus padres: la dependencia de los vínculos, las relaciones humanas. Moore describe caracteres en imágenes: una vez, en una ensoñación a la hora del baño, había nombrado a sus cinco personas favoritas, cuatro de las cuales eran perros. La quinta era su bicicleta azul (“Muda”). Los niños tienen la lucidez helada de la ciencia, que afirma que el amor anula una parte del cerebro.

    En quizás el único relato que no alude explícitamente al contexto de guerra, Robin Ross no es visitada por su amiga durante la semana en que yace en el hospital. La protagonista de “El enebro” estaba lista para salir la noche anterior a la muerte de Robin, pero un hombre llegó tarde a buscarla. La muerta aparece fantasmagóricamente para reunirse con sus amigas una última noche de champagne. Y eso no empuja al cuento para encerrarlo dentro del género fantástico. Porque qué es sino la desesperación de lo real esa luz indefinible en la oscuridad, esa sonrisa en el rostro de alguien que ya no podrá perdonarnos.

     La autora no inventa personajes perturbados. Irak, las torres gemelas, el terrorismo, el del Estado y el otro. En ese mundo duermen por la noche los personajes y esto, más que una elección estética, es una honestidad del artificio: no hay otro cielo que ese, donde el terror viaja en avión. Bajo la luz de las explosiones, o de los televisores reproduciendo explosiones, pensar que la ficción sale ilesa es no revisarla. En “Pérdidas de papel” Kit habla del amor de su vida como de un extraterrestre. Los personajes habitan un mundo que ya se convirtió en sede de lo incognoscible, convivimos con habitantes de la luna, de otro modo no se explica esto en lo que hemos devenido, deja leer sutilmente Moore en la mirada de alguna de sus protagonistas. Lo que asusta de los niños es la evidencia de que es posible no tener compasión. Por eso los personajes hostiles parecen niños, o marcianos.

    Lo que acaso distinga a Lorrie Moore de las narrativas que encuentran una cínica comodidad en lo siniestro es la perspectiva. La brillantez y sutileza del recurso narrativo es siempre indesligable del humor. Moore elige personajes que no van a cambiar la historia, aunque ésta los destroce. La voz narradora parece saberlo y entiende conveniente sonreir cuando les susurre: al menos no renuncien a mirarla, quizás necesiten del punto de vista cuando deban probar, ante alguien o ante ustedes mismos, que no son extraterrestres.

   Hoy un huracán arrasa los Estados Unidos. Edificios enteros se derrumban, barrios completamente ahogados. Millones de personas evacúan, dejando sus casas y autos, si los tenían, atados con sogas. Hay perros que hace días aúllan solos adentro de casas vacías. Probablemente, ese perro ha sido motivo de discusión en más de una pareja (—¿Lo vamos a dejar?—). Como un elemento más de una larga discusión, de esas en las que se oyen los años como murmullos de fondo (—¿Realmente lo vamos a dejar? Es una suerte que no tengamos hijos, entonces—), murmullos que suben de volumen apropiándose la situación para incorporarla a ese otro tiempo, el del vínculo. El matrimonio puede haberse conocido hace veinte años, cuando él era un periodista que abogaba causas justas y ella, veterinaria. Ahora ella decide dejar al perro en casa, un perro del que, realmente, él nunca se ocupó demasiado. El murmullo puede subir y hacerse más fuerte que el viento golpeando las ventanas del auto alquilado camino a un departamento antisísmico, o un hotel lleno de gente en un Estado a salvo, o un poco más a salvo que ese. La pareja puede haberse conocido hace unos meses, el murmullo no es menos conjunto por individual: los cincuenta años de cada uno soplando a sus oídos, diciendo: — ¿por qué esto saldría bien esta vez?—. Alguno podría subir el volumen del estéreo del auto y podría sonar María Callas, o Michael Jackson. Al día siguiente, una noticia en los diarios del mundo anunciará que Disney World ya tiene las puertas abiertas nuevamente.