Cultura al calor del Hogar

Por Juan Manuel Castro.

En casas particulares de la ciudad de Buenos Aires se montan tertulias artísticas y hasta algunos desarrollan emprendimientos como librerías. Lejos de grandes despliegues o auditorios con filas de butacas interminables, hay un nicho en la cultura porteña que prioriza lo hogareño y bonsái.
Una de sus máximas expresiones es el hecho de que casas particulares funcionen por una noche como espacios de arte. A tono con el límite difuso entre intimidad y privacidad que impera en redes sociales, se hace difícil ver dónde termina el hogar y donde comienza el espacio de cultura listo para recibir público. Tal vez allí radique su encanto. Se trata de personas que de vez en cuando ponen su living en plan de vivirlo como escenario de expresiones culturales en clave intimista. Para algunos artistas, este calor de hogar es el marco ideal para dar sus primeros pasos.
Así ocurre con una casa de Villa Crespo, conocida como “La Casita de los chasquidos”. Allí residen varios gestores culturales y en un living con sillones desperdigados se hacen lecturas de poesía y monólogos. Varios poetas consultados aseguran que el clima intimista y la prestancia del público ayuda a “dar lo mejor en cada presentación”.
“Es que la gente que viene a esta casa ya sabe lo que va a encontrar, te prestan atención, hay un respeto que resulta del trato íntimo”, aseguran al respecto. Luis “Erker” Ercolano, miembro del ciclo de poesía Maldita Ginebra, que tuvo distintas sedes y ediciones en casas como los extintos Sótano de Agüero y el Conventillo de Bustamante. Asegura que el respeto potencia un evento y que a veces menos es más.
“Está re copado. Se genera una relación público y artista muy íntima. Sobre todo cuando termina el evento, la gente da vueltas por la casa, se genera una interacción más, por así decirlo, genuina y directa, que se disipa en lugares de concurrencia masiva. Es distinto ir invitado por un amigo. Creo que la gente se siente mucho más segura en un lugar así”, nos dice el guitarrista y cantautor Gaby Colman sobre su paso por estas experiencias. De hecho, para muchos centros culturales realzar este aspecto intimista es atrayente. En el corazón del Abasto está el espacio cultural Mi Casa, en Agüero al 700. Para muchos de sus asistentes es un referente del under entendido en código de la vieja escuela, es decir de esa Buenos Aires de antaño de sótanos culturales y pequeñas tertulias para públicos que se contaban con los dedos de las manos pero que aun así hacían historia.
Las casas particulares están para escuchar poesía en vivo, pero también para adquirirla. Así pasa con Librería Mi Casa, que impulsa Nurit Kasztelan, economista y fundadora de Editorial Excursiones, dedicada al ensayo. Cuenta que empezó a “ofrecer ediciones de pequeños sellos de poesía” con el bolso al hombro y luego, una vez mudada a su actual hogar en torno la estación Malabia del subte B. la define como una “librería atípica” que fue pionera y hoy en día se pueden rastrear en redes sociales emprendimientos similares que experimentan con este corrimiento del límites entre privado, público, hogar y vidriera. ¿Cómo hacer que esto sea seguro? El mecanismo en Mi Casa es acordar una cita previa por mail o inbox. Este proceso ya requiere una voluntad de acercamiento que los locales a la calle saltean con el frenesí de hacer cola, pagar en caja, e irse a paso porteño (apurado). El inbox, la contraseña y demás gestos más que repeler, despiertan curiosidad. Se lo vive con la dinámica de redes sociales: el flujo de conocidos va a converger en un mismo lugar con los mismos intereses. Pero no todo camina por la senda del disfrute. Varios fueron los casos de inspecciones por parte de agentes municipales en casas particulares. “Saben que es ámbito privado, pero actúan igual. Dicen que llegan por denuncias de vecinos, pero en realidad son ellos que buscan en las redes y piden información, por eso también hay reticencia en los organizadores de este tipo de actividades por hacer masivas las convocatorias”, cuenta en off una persona que está al frente de un proyecto cultural de estas características. Para el gestor cultural Ildefonso Pereyra, referente de la Unión de Orquestas Típicas y de la Red de Cultura Boedo, el concepto de encuentros culturales en casas viene desde hace décadas en la Ciudad de Buenos Aires y se acentuó tras Cromañón. Asegura que en el presente para muchas personas resulta más atractivo de vez en cuando hacer tertulias artísticas en el living de la casa en lugar de emprender la burocracia que implica tener un centro cultural a puertas abiertas. Para Pereyra es necesario profundizar todas las herramientas que permitan que los centros culturales funcionen en plenitud, sin el peligro latente de recibir inspecciones por parte de agentes de la Ciudad que “le busquen la vuelta con tal de poner una faja de clausura”. “Lo de la cultura en casas particulares va a seguir en la Ciudad, porque tiene una mística propia y junto a las redes sociales se complementan para descubrir nuevas expresiones artísticas”, concluyó el referente.
La lucha por la ley de centros culturales y la vigente disputa por las milongas porteñas para que se resguarde la actividad, son fenómenos emparentados con estos espacios culturales que se desarrollan al calor del hogar. La cultura desborda y seguirá latente. Queda la pelota en la cancha de las autoridades: decidirán dar pleno apoyo o perseguir y clausurar.