Escritura de adentro y de afuera: conversación con Gastón Brossio (Waiki)

Por María Sevlever

Si te enojas, cumplí mi objetivo,
¡Ya estás listo para la poesía!
¡Estás listo para entrar en el dolor ajeno!
Waikiki, 79.


     La historia fue así -empieza Waiki, contestando a algo que todavía no pregunté- Yo estaba en Marcos Paz, y empecé a estudiar Derecho. Pero, en un momento, me di cuenta de que lo único que estaba haciendo era una especie de autoflagelación. Pasaba el día leyendo y estudiando cosas que, en realidad, no contaban para nadie. Cuando confrontaba esos textos con lo que estaba viviendo e intentaba aplicarlos, se volvía un absurdo. Entonces, después de presentar escritos, pedidos, documentos y no recibir en años una respuesta, lo dejé.

     Hace silencios largos y cuando habla, habla rápido. Se acomoda sobre un escalón de la Facultad de Filosofía y Letras. Waiki, Waikiki o Gastón Brossio es el autor de cuatro de los relatos que aparecen en “Ninguna calle termina en la esquina: historias que se leen y escriben en la cárcel”. Un libro que se publicó este año y reúne textos de trece hombres, hilados por los comentarios, introducciones y, a veces, conclusiones de Luciana de Mello y María Elvira Woinilowicz. Los primeros fueron miembros del Taller de Narrativa del Centro Universitario de Devoto; las otras dos, quienes lo dictaban.

     Durante esta pausa que hacemos, baja las escaleras una mujer que lleva un niño de la mano: Waiki, me estoy devorando el libro, lo conseguí, ¿te dije? -¿Ah, sí? Bueno, qué bueno, gracias, Silvi. A lo largo de nuestra conversación, esa escena se repite varias veces, con distintas personas. Le pregunto si recuerda cuál fue su primera lectura. ¿El primer libro? Fue algo extraño. Yo estaba en el espacio de castigo, a raíz de un lío que armé por no recibir ninguna respuesta a los papeles y pedidos que había entregado. Quería que me llevaran de Marcos Paz a Devoto, para poder estudiar. Un ala de la planta donde estaba era de celdas de castigo, unas celdas especiales, y la otra era un pabellón común. Y un día, desde aquella, me palomearon un libro. ¿Sabés lo que es ‘palomear’? Lo atan a una cuerda, lo revolean. Nunca le vi la cara al chabón. Lloré lo que me duró el libro. Lo primero que pensé sobre la literatura, al terminar ese primer libro, fue cómo un cartón y un papel pueden provocar tanta emoción en un ser humano.

     La publicación de “Ninguna calle…” no es única ni pionera. Es interesante por lo heterogéneo de sus relatos, y también por el valor testimonial (aunque la palabra nos acerque una sensación de algo histórico y, en cambio, queramos referirnos a una práctica diaria) y por la ética (y épica) que construye. Es una publicación que se realizó en el marco institucional y académico de la Facultad de Filosofía y Letras, y puede conseguirse allí. El hecho de que uno de sus autores esté, ahora, afuera, nos acerca la posibilidad de conversar. Y lo hacemos, porque los estudiantes de Letras podremos decir que los autores no existen, pero que los hay, los hay.

     Es casi un lugar común de la teoría literaria que el (re)nombramiento de las cosas en la escritura puede constituir una instancia emancipatoria. En un contexto particularmente opresivo y sistemáticamente des-individualizante como la cárcel, donde la regulación del cuerpo y de la identidad es casi un objetivo institucional, el ejercicio de dar forma al lenguaje de cada uno se vuelve una tarea esencial. Aunque sea doblemente dificultoso cuando quien escribe, además, no ha tenido acceso a ámbitos de educación ‘formal’ (como sucede con una gran parte de la población de las cárceles), la escritura deviene un espacio de supervivencia.

     Todos tenemos una manera particular de relacionarnos con el lenguaje. A la hora de hablar, puede que ocurra de un modo más natural. Pero creo que en todas las apropiaciones que hacemos de la lengua (que, al escribir, se intensifican) hay un germen de lo que es la literatura, ¿no? El gesto de voy a hacer con el lenguaje lo que tenga ganas de hacer con él, dentro de los límites de lo posible…, le digo a Waiki, pensando en voz alta. Crecemos aferrados a un idioma. A veces, a dos. Crecemos, también, cobijados en ciertos giros, cierto uso, que suele ser el de nuestro barrio, nuestros amigos, nuestra escuela si tuvimos; si tuvimos, nuestros padres. La mecánica de cualquier escritura provoca, la más de las veces, una disrupción en este camino: detenerse por unos instantes a preguntarse de qué manera digo esto.

     Sí -me dice-  Pero las letras nos esclavizan de muchas formas. En primer lugar, en la Ley. Bueno, creo que hay algo de la experiencia de estar encerrado que tiene que ver con que aparece una serie de cosas que no esperabas, que no conocías, que no sabías que eran tuyas. Y con la escritura pasa lo mismo. Es el lugar de reflexión sobre la palabra propia. La pensás. Un proceso que nunca se conforma, la Biblioteca de Babel inalcanzable. Al corregir mis textos descubro, ahora, que me corregí a mí mismo, a la persona. Porque es otra forma de pensar la semántica, las palabras. A mis alumnos siempre les digo lo mismo: estudiamos la filosofía del lenguaje, en última instancia. Y cómo puede -o no- transformar las cosas.

     Waiki tiene publicado, además, un libro de poemas, “79”. Hace unos cinco meses que está en libertad, después de pasar catorce años detenido. Está terminando las carreras de Letras y Administración de Empresas, trabaja en la Facultad de Filosofía y Letras y da clases en un bachillerato. Me acuerdo de un comentario suyo que aparece en “Ninguna calle…”: “Hay una ficción que la vamos a escribir nosotros, desde este lado; va a tener nuestra perspectiva, la de barrio. Va a hablar de nosotros, debería ser otro género, que podría llamarse ‘género delictivo’”. Le pregunto, entonces, por el comienzo de su escritura. Yo estaba acostumbrado a hacer tareas de inteligencia antes de encarar algo. El delito necesita eso. Así que decidí que quería escribir, y me dispuse a hacer tareas de inteligencia, o sea, a leer. En el 2005 escribí mi primer libro de poesía. Fue el formato que me surgió. Hasta entonces, no había leído nada de poesía. Cuando lo terminé, le pedí a una profesora del servicio que me lo corrigiera, a ver si lo podía publicar. Nunca me lo devolvió. En ese momento, ya estaba escribiendo bastante. Lo que pasa es que, estando atado, el único movimiento que podés hacer es el del pensamiento. En Marcos Paz no había espacio para estudiar. Conseguimos que nos dieran un aula, después de pelearla un montón. Y, cuando entraba ahí, no podía tolerar el pizarrón vacío. Entonces escribía una reflexión o un aforismo, que quedaba puesto hasta que lo limpiaban. Después conseguí que me trasladaran a Devoto para poder seguir con las carreras, porque ahí sí hay una estructura universitaria. Y entonces empecé a escribir con euforia.

    La proliferación de espacios de escritura y publicaciones literarias surgidas en contextos de encierro (de menores y de adultos), en este país, es extensa. Tanto, que existe una red nacional de publicaciones producidas en el encierro, y un Encuentro Nacional de Escritura en la Cárcel (este año, en octubre, se realizó la cuarta edición), donde puede encontrarse una gran mesa con ediciones de distintas provincias de Argentina y países vecinos. En muchos de estos encuentros participaron personas que pudieron estar presentes gracias a un permiso de salida excepcional, es decir, en libertad bajo tutela, para leer en voz alta sus textos frente al público.

     ¿Cómo sentís el momento de la escritura?Cuando escribo, me odio a mí mismo. Busco salirme del envase humano en donde estoy. En la introducción de “79”, el narrador dice que odia al lector y que odia al escritor. Tiene que ver con eso, hay algo de transformación pero, sobre todo, de parodia. La gente que ha leído mis cosas y me conoce, capaz se asombra. Piensa que soy un monstruo. Yo sonrío, porque aparece el efecto que produce la literatura. Mi fruto está ahí. Yo creo que los poetas malditos -de quienes aprendí mucho; Artaud, Baudelaire, Poe-, cuando hablaban de locura y de muerte, un poco estaban parodiando, riéndose del lector que busca unir las cosas de forma lineal. Lo que me atrae de la literatura es poder producir esa sensación de bronca frente a un sistema monstruoso. Quisiera escribir un libro ilegible, que a las tres páginas no puedas leer más.
Y no puedo evitar la pregunta: entonces, ¿tenés en mente un lector particular? ¿Escribís para alguien, para algo?

    Pienso que la mayoría de los lectores no son de las clases bajas, para quienes me gustaría escribir. Me gustaría que ellos me leyeran. Sin embargo, sé que estoy muy lejos de ese puerto. Y yo sé que escribo para otro tipo de gente. Soy consciente de que escribo para un tipo de gente más… académica, o gente que tiene libros en la casa, bibliotecas. Si yo entro a la casa de un pobre, el único libro que hay es la Biblia. En las casas de la gente que estudia, hay bibliotecas. Y yo escribo para ellos. No para los otros pibes. Y como sé eso, también juego en ese sentido. Por ejemplo, en “79”, de los setenta y nueve aforismos que cito antes de cada poema, hay setenta reales y nueve falsos, inventados. Por ejemplo, hay uno de Benjamin Franklin: Avísenme cuando esté loco, así me pongo a cagar en la vereda. Ese me gusta mucho. Además, en cada poema hay un verso marcado con una caligrafía distinta. Cada uno de ellos, unido con los otros, forma otro poema mucho más largo. Es el juego de la literatura, que permite esas cosas. Trato de jugar. Huizinga dice que el hombre es más lúdico que racional. Creo que va por ahí. Y, dentro de ese juego, no se permite a los tramposos. En el juego social no podés andar robando, porque rompés las leyes que te mantienen dentro del juego. Salvo que lo hagas protegido por un cargo público, etcétera; formas, digamos, menos primitivas. No somos tan razonables como creía Sócrates; no creo que sea eso lo que nos separa del animal. Tenemos el instinto, pero mentimos por educación. Es complejo, porque nos permite mantener las cosas y, al mismo tiempo, nos destruye. Por eso, en la literatura encuentro la forma de hacer algo distinto. Igual, es mucho más que esto, que esta charla que tenemos. Lamentablemente, las experiencias son intransferibles, y la literatura, si bien llena algo de eso, también deja el vacío de lo intransferible. Y sí –sigue, de nuevo contestando a algo que todavía no pregunté-: la literatura, afuera, tiene otro contexto. No es el mismo que cuando estaba encerrado. Tenía, antes, una condición un poco más liberadora que ahora, desde afuera. Es eso, nada más.