De este lado del río: charla con Graciela Daleo

Por María Gabriela Raidé

    Este año se cumplen cuarenta de su secuestro en la estación Acoyte de la línea A de subtes. Desconocida, quizás, para el gran público, Graciela Daleo sobrevivió para testimoniar, como diría Giorgio Agamben, por los que ya no pueden. Perfil de una mujer que no claudica en la lucha por los Derechos Humanos.

    Graciela es una gran mujer: su cuerpo menudo ha aguantado inmensos embates que, a simple vista, no se notan. Si uno se la cruzara por la calle, cerca de su departamento en el barrio del Once o en los alrededores de la Facultad de Filosofía y Letras, quizás podría detenerse en su rostro serio, en las arrugas que lo surcan, en su pelo encanecido. De intercambiar un comentario, podría pensarse en la voz áspera que habla con firmeza, en su calidez distante. O, por ahí, pasaría desapercibida, completamente anónima dentro de la masa inerte que surca la ciudad. Ella disentiría con ese adjetivo: la multitud no es, no puede ser, inerte. Con todo, jamás se atisbaría, consciente o inconscientemente, que por detrás o por adentro —vaya uno a saber—, pende el nombre “Viky”. Éste era su nombre de guerra.

    Vacila si tiene que hablar sobre su historia como militante; se pregunta por dónde empezar, y empieza. Elige, fundándose, comenzar por el colegio de monjas, sólo para luego desligarse de él: su participación primera se basó en unos ideales cristianos que no aprendió en la escuela. Como cristiana, no como católica, fue que se unió a otros jóvenes con intereses similares acerca de la igualdad social. Como cristiana, recita todavía de memoria unos versículos de Isaías 58: 6, en los que Dios señala en qué consiste el ayuno que le agrada: “en que rompas las cadenas de la injusticia/ y desates los nudos que aprietan el yugo;/ en que dejes libres a los oprimidos/ y acabes, en fin, con toda tiranía;/ en que compartas tu pan con el hambriento/ y recibas en tu casa al pobre sin techo;/ en que vistas al que no tiene ropa/ y no dejes de socorrer a tus semejantes”. Por eso, viajó al norte de la provincia de Santa Fe para llevar a cabo una misión en un pueblo que había sido devastado por la maderera La Forestal.

    De saber su nombre, entonces, podría googleársela, pero esto no es lo primero que rastrea el buscador. En cambio, un elemento que se repetirá en los distintos sitios es la siguiente frase: “¡Me llamo Graciela Daleo, me secuestran, me van a matar, avisen a mi papá al 592780!”. El eterno retorno de lo mismo que es, a la vez, siempre diferente: porque no implica exactamente lo mismo que haya sido dicha en un juicio, como testimonio; en una entrevista, como declaración; en un portal online, como historia.

    Entre la pronunciación de aquel pedido desesperado, el dieciocho de octubre de 1977, y el colegio de monjas, ocurrieron varias cosas. Al volver a Buenos Aires, luego de la misión, comenzó a estudiar Sociología, desde donde se unió a la Juventud Universitaria Católica, impulsada por esa idéntica búsqueda de justicia social: “Lo que primaba allí era que la responsabilidad y el compromiso del cristiano debía traducirse en acción política”. Sin embargo, al poco tiempo, las universidades públicas fueron intervenidas por el gobierno dictatorial de Onganía.

    Cuando llegué a la puerta, el encargado la conocía y me ofreció pasar. Preguntar no hizo falta. Vive desde hace muchos años en un mismo departamento que queda a pocas cuadras de la Plaza Once, ahora vaciada de manteros y de otros vendedores ambulantes. Es pequeño, pero definitivamente acogedor: una casita decorada con objetos y cuadros obtenidos en viajes, o regalados por alguien, en los que predomina el tema latinoamericano. Una de las paredes está cubierta por una biblioteca inmensa, repleta de libros. Incluso, se adivina el lugar que ocupaba una estufa que confiesa haber sacado para ubicar algunos libros más.  No hay estufa, entonces, así como tampoco hay televisión ni computadora a la vista. Ella no usa celular y, por eso, nos interrumpe el timbre de un teléfono de línea. Alguien —que la llama ‘Viky’— deja un mensaje que ella se apresura a levantar mientras pide disculpas.

    Menciona que su primer ámbito de militancia orgánica fue, en 1967, en un grupo llamado Camilo Torres, por un cura y sociólogo colombiano que había muerto combatiendo en la guerrilla. Se trataba de una organización surgida ya en clandestinidad, dada la proscripción del peronismo, cuyo nombre, por este motivo, debió cambiar varias veces, hasta terminar siendo Comandos Peronistas de Liberación. Según declara, se consideraban peronistas porque creían que “era el grado más alto de conciencia que había alcanzado el pueblo argentino, y por supuesto entendíamos que el capitalismo es esencialmente injusto y que en el proceso revolucionario se lograba también una revolución interior que llegaba a hacer de nosotros un “hombre nuevo” del que tanto hablaba la revolución cubana”. Después de algunas idas y vueltas en las que tuvo no poco peso un antiguo novio, se reincorporó orgánica y activamente en la Juventud Peronista. Para 1977, se encontraba participando en Montoneros, formando parte de un colectivo que militaba en dos barrios de Avellaneda. En eso estaba cuando la secuestraron y fue a parar a la ESMA. En 1979, quedó bajo una especie de “libertad vigilada” en Bolivia y, ya en libertad, se movió a Venezuela, para luego cruzar el gran charco y exiliarse en España durante algún tiempo. Desde allí, participó de las denuncias y presentaciones realizadas para difundir los crímenes que se estaban cometiendo en dictadura.

    Su pelo gris es, en sí mismo, una metáfora: la del metal que se templa, endureciéndose a cada golpe. Aunque ella señale lo contrario, su memoria parece implacable, probablemente a fuerza de la repetición. Sabe nombres, aporta fechas, interpreta situaciones históricas, desarrolla conflictos. Tal vez, parte de esa destreza haya sido adquirida a lo largo de la carrera de Sociología, que logró finalizar en Uruguay. Porque, si bien en el ’84 pudo volver a la Argentina, fue encarcelada en el ’88, debido al secuestro de un directivo de Mercedes Benz ocurrido en el ‘75. Si bien había sido sobreseída, el fiscal de la causa apeló, de modo que, al año siguiente, también a ella le llegó el batacazo de los indultos menemistas que, sin embargo, rechazó: entendía que formaban parte de una igualación entre víctimas y victimarios. Por esto mismo, la causa fue reabierta al año siguiente, pero, como se había enterado de antemano, logró cruzar el río y refugiarse en el país charrúa, donde, entre otras cosas, terminó los estudios.

    En 1994, Osvaldo Bayer fundó la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A. y, en el ’96, invitó a Graciela a participar. Ella había vuelto el año anterior y agradeció la oportunidad porque —se sabe— las tareas intelectuales no son nunca las más rentables, y tampoco “un momento floreciente de trabajo”. La Cátedra es, hasta la actualidad, un empleo y, por supuesto, un espacio de participación desde el cual construir la memoria, la verdad y la justicia colectivas: “Un gran desafío para los Derechos Humanos sigue siendo luchar para constituirnos como sujetos de derecho; pero, también, romper con esa muletilla que cita que nos ocupamos de los derechos humanos de ayer y no de hoy. Los Derechos Humanos son de ayer y de hoy; son nuestro patrimonio histórico”.

    Resulta relativamente fácil imaginarla sentada en una de las sillas de director que tiene en su living, preparando una traducción o trabajando en la corrección de algún texto. Mirando, de a ratos, a través del ventanal del balcón, para espiar el cielo. Quien, escondido detrás de las cortinas, la observara desde alguno de los edificios vecinos, no adivinaría que encarna la historia reciente del país como pocos.

     A lo largo de la mañana, insiste con una frase que deberíamos repetirnos como un mantra, e invitarnos a actuar en consecuencia: “Las conquistas no se logran de una vez y para siempre, hay que luchar y militar, para profundizarlas e ir más allá: lo conquistado no perdura si no se defienden con lucha”. Y recuerda, a su vez, otra gran frase: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”.

     Reciente, y todavía abierta, es la herida que dejó el cruce del Río de la Plata por parte de cuerpos anónimos e irreconocibles que habían sido arrojados al mar por la última dictadura cívico-militar: algunos de esos hombres y mujeres aparecieron en las costas de Uruguay. Del lado de acá, bien viva, tenemos a Daleo, luchando contra el olvido.