Temperley: la palabra en éxtasis

Por Alan Ojeda

“Las areneras, Jesucristo y el desagüe” en Crawl (1982) de Héctor Viel Temperley
                                            Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
—De los labios colgado, o de la hostia—,
                                               Hospital retraído respirando;
Y sangre en celosía, en ella dejo
                                   pulsos, piel, carcajadas de cosacos
Que de mohamed no aceptan ser vasallos,
                                   hasta besarme el Rostro en Jesucristo
Detrás de los cabellos del vago en la arena,
                                   donde los confesores no caminan,
En mi consciencia,    que tragué —sacrilego—
                                               con Él,  que ve el limón,
                                                           la cal, el sexo
—La puerta azul de gasa tijereteada, huraña,
                                   De la casi casilla
                                                           Que la belleza puso
En las costas del yo, que en sus muros enyesa
                                   Las huellas de gaviotas
                                          de unas cuentas palmeras—
Y el ropero en la torre, el revoltijo de disfraces
                                                   ácidos contra el pubis,
                                                           no en las perchas,
                                   que fue el amor tardío,
                                   de un cajón de la tierra
Ya en Él, que hace mi hora entre costillas
                                   —como vendas de espacios sin memoria—
Dentro del caracol que usé de pecho
                                   al lado de un diluvio,
                                                                       en una mesa
De plana luz de Cuerpo descendido
                                   y pétalos volando como llagas,
O en esa estrecha pieza, con un sapo,
                                               donde brama el motor
                                               ey no entra el viento
Y a ojos bajos, garganta con naranjas,
                                   treguas de voz,
                                   se acercan los caballos.

     Toda la obra de Temperley representa una experiencia de comunión con Dios a través de la naturaleza. A lo largo de su obra podemos observar todos los fenómenos de tensión entre lenguaje, cuerpo, sintaxis y espacio.  En principio, el Crawl es un estilo de nado. Desde su obra temprana el nado es, para Temperley, una experiencia de lo divino. En “El nadador” podemos leer: “Soy el nadador, Señor, / sólo el hombre que nada. /Gracias doy a tus aguas porque en ellas/mis brazos todavía/hacen ruido de alas”. Es decir, Temperley logra anclar la experiencia divina en el campo de lo terrenal. Su poética coincide con los preceptos de la Tabla Esmeraldina de Hermes Trimegisto: “II. Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno”. Es por esta razón que su poesía está atravesada por la experiencia de lo divino, pero no como una trascendencia inalcanzable sino como una experiencia en el plano de lo inmanente.

 

     El poema comienza con un verso que se repite en todos los poemas que integran el libro: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”. Este verso sólo sufrirá un agregado en el poema que cierra el libro, donde se agrega la palabra “hermanos”: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, hermanos”. Si seguimos el campo semántico que trabaja Temperley en toda su obra, el agua cumple una función fundamental, como pira bautismal, como cielo y en este caso como comunión. En ese mismo verso podríamos identificar, siguiendo el juego que propone el título del libro y, por qué no, toda su obra: “Vengo de nadar y estoy en éxtasis”.  Comulgar tiene, al menos, dos acepciones simultaneas: Compartir con otra persona las mismas ideas, sentimientos, opiniones; Recibir el sacramento de la eucaristía. En tanto la eucaristía implica la transubstanciación, la conversión del vino y la ostia en sangre y carne de Cristo, la interpretación más correcta de la experiencia cristiana es no-dualista. Eliminado el dualismo, alma-cuerpo, cielo-tierra, Temperley trabaja la experiencia de lo divino sobre el plano de lo mundano: el alma es el cuerpo/el agua es el cielo. Entonces, podemos invertir la concepción de Agamben usada anteriormente al pensar a quién se dirige el poema. El poema sólo puede ser una exigencia en tanto se ponga en una posición de carestía; sin embargo, en el caso de Temperley, el poema no dirige su enunciación en un más allá, en una lejanía, sino en un más acá. El poema fue compuesto, como señala en un comentario final que funciona como epílogo, como una alabanza: “CRAWL fue compuesto, en alabanza a la presencia misericordiosa de Cristo Nuestro Señor, entre el 1ero de febrero 1980 y el 24 de junio (Natividad de San Juan Bautista) de 1982”. La alabanza se opone a la elegía. La elegía trae al presente una fisura, una ausencia, como las Elegías a Duino de Rilke o la “Elegía a Juan Ramón Sije” de Miguel Hernandez. En la elegía el poema se cubre de música y canto para, como señala Agamben al referirse a este género como una variante del “Himno”, mantenerse más acá del silencio. En contraposición a esto, el poema de Temperley no es una mera subsistencia en el más acá del lenguaje, una pérdida que se manifiesta en la intención del canto que se pliega sobre sí mismo, manteniéndose, a duras penas, en la boca, sino todo lo contrario, una afirmación de la realidad divina de la existencia material.

     Cuando Agamben dice que el himno es “la radical desactivación del lenguaje significante, la palabra que se vuelve algo absolutamente inoperoso y que, sin embargo, se mantiene como tal en la forma de la liturgia” lo hace pensando la experiencia religiosa sólo desde la ortodoxia cristiana. Un poeta místico en estado salvaje, como decía Claudel de Rimbaud, pero que ha logrado la comunión, no necesita desactivar el lenguaje, ya que no hay nada incognoscible. Comulgar implica, en este caso, una especie de enteogénesis. Esta experiencia puede verse claramente en la referencia a Jesucristo como un topos interno:

Y sangre en celosía, en ella dejo
                          pulsos, piel, carcajadas de cosacos
Que de mohamed no aceptan ser vasallos,
                          hasta besarme el Rostro en Jesucristo

     Ese besarme en Jesucristo impone una indiferenciación. En la ruptura de la estructura lógica de la sintaxis, Temperley logra manifestar el “milagro de lo uno”. Cuando se comulga o se nada (en Temperley es sinónimo perfecto), Jesucristo es en uno, al mismo tiempo que uno es en Él. Por esa misma razón que, en este poema, pero también en toda su obra, Temperley realiza un canto de alabanza a la creación y al cuerpo. La corporalidad, si bien parece segmentarse y dislocarse (en el poema podemos observar cómo el cuerpo aparece diseminado en retazos: labios colgando, los cabellos del vago en la arena, cabellos del vago en la arena, el sexo, el pubis, garganta) no lo hace como una pura explosión o ruptura, sino como parte de su agenciamiento con el paisaje que lo rodea:

Ya en Él, que hace mi hora entre costillas
                          —como vendas de espacios sin memoria—
Dentro del caracol que usé de pecho
                          al lado de un diluvio,
                                                             en una mesa
De plana luz de Cuerpo descendido
                          y pétalos volando como llagas

 

     El poema de Temperley oscila entre la expansión formal propia de la fusión con el espacio como Un golpe de dados… (“como vendas de espacios sin memoria”), el canto y una tensión sintáctica que no llega a destruir el lenguaje. La palabra en Temperley no tiende a fragmentarse hasta alcanzar el estado pre-lingüístico de la glosolalia. La poesía de Temperley, en este caso, no procede de la ausencia/exigencia, porque no hay nada que exigir. Su palabra, gracias a la comunión, es palabra autorizada por Dios. Temperley rompe con la experiencia nominalista del poeta. En tanto su palabra surge “en Jesucristo”, su palabra es real, como la de un profeta.