La dictadura de los géneros. Una opinión sobre “El pacto de Adriana” de Lissette Orozco

Por Lucía Osorio

Es habitual en festivales de cine que antes del inicio de una película se haga una pequeña presentación. Ese lunes en el que me senté en la butaca de la sala, durante esta 19° edición del BAFICI, pensé que, como todas las otras veces, dicha presentación sería un banal  palabrerío cuya única repercusión en la recepción de la película sería demorar su comienzo.

    “A continuación veremos un documental familiar en primera persona que, aún en esta época en la que abundan los documentales de este tipo, vale la pena ver”. Esta frase del presentador (cuya identidad no recuerdo) me hizo acomodarme en el asiento de una forma distinta.

   No es la primera vez que escucho esta frase. Y siempre me pregunto cuál es la razón por la que se denota como algo negativo el hecho de que abunden ciertos tipos de película en el circuito independiente. ¿No sería quizás más interesante entender por qué abundan en lugar de cristalizarlas en una categoría?

  “El Pacto de Adriana es un documental familiar en primera persona.” Esta suerte de categorización de la película sólo da cuenta de la forma de la película.

   Forma y contenido son los disertantes de un eterno debato filosófico y artístico que no me propongo dilucidar en este breve texto. Pero sí me interesa llegar, quizás, a alguna conclusión respecto de la Forma que han hallado ciertos Contenidos en el soporte del cine para lograr una relación mucho más directa con el espectador. Y no me estoy refiriendo al género documental como paradigma de un cine más sincero, o más cercano a lo real. El cine es en esencia mentira, y no hay ningún género que escape a la manipulación. Por eso, no me interesa escuchar que el argumento de una película comience con la frase, “se trata de un documental en primera persona”, porque el cine siempre es en primera persona. Aun tratándose una disciplina colectiva no deja de ser una mirada de mundo subjetiva.

 Con estas dudas resonando en mi cabeza, esperé a que el orador terminara la presentación, y al rato comenzó la película.

 Lissette, la directora y protagonista de este relato, se embarca en una búsqueda compleja. Casi por casualidad se entera de que su tía, quien había sido casi como una madre durante su infancia, está denunciada y procesada por cometer crímenes de lesa humanidad cumpliendo sus funciones en la DINA, la policía secreta de la dictadura de Pinochet.

    La investigación de Lissette está atravesada por dos conflictos. Por un lado, el de tenor político, a partir del cual la protagonista va reconstruyendo la historia de la dictadura y accede a archivos, informes periodísticos y testimonios de gran valor para los enjuiciamientos en proceso. La dictadura Chilena no es hoy, para la gran mayoría los chilenos, un hecho repudiable. Las cicatrices que ha dejado el régimen de Pinochet siguen muy latentes, y recién en los últimos años se estuvieron llevando a cabo los juicios correspondientes. Y este aspecto es claramente retratado por la protagonista, que parte de una posición “poco cómoda” siendo la sobrina de una conocida represora de la DINA.  Y es justamente ese el eje central de la narración: la metamorfosis que sufre la relación de una tía y su sobrina. Una relación en donde la confianza comienza a flanquear, y la gran pregunta es hasta dónde estará dispuesta a llegar Lissette para descubrir la verdad sobre su tía.

    El Pacto de Adriana es un ensayo sobre las relaciones familiares en conflicto. Un retrato de una relación.

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  Quizás, el comentario del presentador “aun en esta época en la que abundan los documentales de este tipo, vale la pena ver”  tenía que ver con la relación que establece la película con un periodo muy oscuro de la historia chilena (vale la pena verla porque es un documento histórico, vale la pena porque no es sólo la historia de una chica y su tía). Yo, por el contrario, creo que es juntamente una película sobre una chica y su tía, atravesada contextualmente por un episodio socio histórico gravísimo. Pero ante todo, es una película sobre una relación familiar.

   La película finaliza con la resolución de este conflicto. Una resolución más parecida a una no resolución. Quizás es por eso que, al terminar la película, no faltaron algunos espectadores chilenos decepcionados e incluso enojados con el final. Probablemente lo que ellos esperaban era una condena de Adriana Rivas, un repudio a su persona. Pero la película no intenta condenar a una ex represora (aunque inevitablemente lo hace, quizás de una forma sutil, y por eso mismo más desgarradora), sino revelar la extrema dificultad que supone cortar vínculos afectivos con un familiar.

   El Pacto de Adriana fue una de las películas de las que vi en este último tiempo, en la que me quedé sentada en la butaca varios minutos mirando los créditos en silencio. Fue una de esas películas en las que nadie aplaudió al final. Y creo que eso se debe no sólo al tema que presenta, sino juntamente a su carácter de “documental en primera persona”.

   Esta suerte de democracia de la cámara que comenzó hace ya un tiempo gracias a la fácil accesibilidad y el abaratamiento de los equipos logró no solo un nuevo mercado de la tecnología, sino el surgimiento de un nuevo modo de hacer cine, que por supuesto todavía falta explorar. Por el momento, me limito a hacer mi humilde defensa a este tipo de películas, y por supuesto espero que pronto pueda volver a ver El Pacto de Adriana en algún cine de Buenos Aires.