Soy como el junco que se dobla

Por Vera Grimmer

    Resistiré fue una tira diaria argentina del 2003 transmitida por el canal de televisión Telefé. Los autores de este drama son Gustavo Belatti y Mario Segade, consagrados en el campo por haber escrito exitosos unitarios como Vulnerables y Culpables. Los protagonistas de la telenovela son Celeste Cid (Julia Malaguer Podestá) y Pablo Echarri (Diego Moreno), una pareja con mucha química en la pantalla, y como principal antagonista Fabián Vena, encarnando al excelso Mauricio Doval.

    Diego Moreno es un sastre de 30 años, un pibe de barrio que se rige por los valores de la familia, el amor y la amistad. Está atravesando una crisis sobre sus creencias porque la novia lo engañó y le robó, y no se siente conforme con el lugar que ocupa en el mundo. El panorama no es prometedor, y Diego parece destinado al fracaso. Cabe recordar que su situación personal no es azarosa: Resistiré está condicionada por el 2001, es uno de los productos culturales que surgen luego de esta crisis y este contexto se ve reflejado en la telenovela, punto que retomaremos luego. En este marco, las esperanzas se disuelven con facilidad. Sin embargo, Diego tiene incorporada la cultura del trabajo a su cotidianeidad, y sale a pelearla, porque nadie lo va a hacer por él. En el capítulo 52, afirma “no me conformo con lo que me depara el destino, siempre le doy para adelante con lo que quiero, hasta saber de qué se trata”.

    De pronto, aparece Julia Malaguer Podestá, una jovencísima y magnética Cid, buscando un traje para su novio en la sastrería en la que trabaja Moreno. El flechazo es inmediato, sus miradas recorren sus cuerpos y quedan comprometidos desde ese instante, el uno con el otro, mientras suena de fondo “Down with my baby”, la canción que catapulta a Kevin Johansen a la fama. Este deseo que ambos comienzan a construir, está en secreto, porque Julia está comprometida con Mauricio Doval. Este personaje es un hombre de negocios, de una familia pudiente: está en las antípodas de Diego Moreno. Parece que este romance tiene fin, sin embargo, el sastre comienza a trabajar para Doval, en agradecimiento por pagar el tratamiento de su madre enferma. Comienzan a cruzarse las vidas de estos personajes, y ya nada será lo mismo…

    Como sostenía al comienzo, Resistiré dialoga permanentemente con su contexto de producción actual y la incorpora como si fuera un personaje más. Esto se ve reflejado en el personaje de Daniel Fanego, (Alfedo Malaguer) un científico brillante, pero que no tiene los medios necesarios para poder llevar a cabo sus experimentos dado que el presupuesto nacional en ese momento no apostaba a la investigación de ciencia y tecnología. De manera constante, los personajes se quejan de “este país”, porque acá todo es más difícil, hay mucho desempleo y poca oferta laboral. Hay una atmósfera de preocupación y tensión que se respira en la historia, como si no hubiera un rumbo posible. En este sentido, encuentro un vínculo con la crisis del 2001. Luego de décadas de flexibilización y precarización laboral, ajuste, inflación, represión policial y violencia, ¿no se genera un clima de inestabilidad permanente?

    Sumado a estos factores, Resistiré se emite durante el 2003, año electoral y previo a los años del kirchnerismo. Este momento de transición moldea el guión de la telenovela, es decir, los personajes experimentan una realidad palpable que es la del televidente. Al espectador le cuesta conseguir trabajo, estudiar de lo que le gusta, gestionar proyectos. Inauguramos el siglo XXI con una crisis que fragmenta a la Argentina como un vidrio roto. Este quiebre es parte del contexto y, como productores de contenidos, es un hito del que no pueden escaparse a la hora de contar una historia.

    Entonces, se pone en juego un discurso que opera a través del secreto. Según Derrida, “el secreto no se deja arrastrar ni cubrir por la relación con el otro, por el ser-con, o por ninguna forma de ‘lazo social’. Incluso si los vuelve posibles, no responde, es lo que no responde. Ninguna responsiveness. ¿Se llamará a eso la muerte? ¿La muerte dada? ¿La muerte recibida? Yo no veo ninguna razón para no llamarlo la vida, la existencia, la huella. Y no es lo contrario.”[1] Vinculándolo con la ficción que estamos analizando, el secreto está presente, hay marcas de él -como en La carta robada de Edgar Allan Poe-, sin embargo, no responde. Este deseo es ambivalente, y hay que ir descubriéndolo.

    A lo largo del drama, se tratan temáticas tabú y candentes para la televisión de ese momento (y para ahora también, ¿por qué no?) como la homosexualidad, las relaciones incestuosas, el tráfico de órganos, adulterio. El secreto ampara y seduce, bajo su manto protector sabemos que estamos haciendo algo fuera de la ley, ¡pero qué bien se siente! Las pasiones se llevan a flor de piel, en palabras de Julia, “me estoy muriendo en el mismo momento en el que siento que estoy viva”. En algún punto, el desenfreno amoroso, el no-saber qué viene después, es lo que guía a los personajes. ¿Qué hay del otro lado? La ley. En un contexto político donde las instituciones se derrumban, lo esperable es elegir la pareja estable, un lugar sagrado y cliché. En la estabilidad se encuentra la norma, el deber ser y los límites. La pasión desborda las fronteras, y es lo que va carcomiendo el interior de la telenovela, como una tragedia griega. El fuego que consume a Diego y Julia es intenso y abrasivo, pero la pareja que ella establece con Mauricio, le da seguridad y confort. ¿No es este un gran paralelismo con la Argentina del 2003? ¿Buscamos arriesgarnos o quedarnos en el molde?

    Como seres humanos, hay algo que nos iguala y es el hilo conductor de la tira diaria: la sangre. Mauricio Doval esconde una enfermedad que le impide fabricar mayor cantidad de glóbulos rojos, y su empresa oculta es la de traficar plasma humano, en pos de conseguir la vida eterna. Este ansia de poder, que vira a la locura a lo largo de la trama, se manifiesta como una pasión. A las pasiones no las elegimos, nos tocan. Nos empiezan a tirar, como la sangre esfumándose en los créditos de Resistiré. A las pasiones no se les escapan las mentiras ni las obsesiones: se transmiten. En el caso de Doval, es la ambición por ser inmortal lo que lo enceguece, es su móvil; en cambio, para Diego y Julia, el amor brutal les hierve la sangre. No podemos dejar de sangrar frente a lo que sentimos, por eso resistimos. Hasta que el rojo vivo se vaya en fade out y tengamos que cambiar de canal (o no).