La cultura que cruje

Por Florencia Viva

 

   Un malabarista alzando un cartel que grita “Queremos trabajar”. Una integrante del ballet estable del Teatro Colón cantando junto a sus compañerxs:  “En el Colón algo huele mal; viene Al Pacino, te podés casar, pero al Ballet ya no lo quieren programar”. Un centro cultural cortando una calle para hacer un festival en protesta. La cultura está crujiendo. ¿Será que nadie la escucha?

   La política cultural for export de la gestión actual de gobierno no es novedosa. Hace muchísimos años se marcó sin tapujos que la prioridad no era una cultura popular y descentralizada, sino la privatización progresiva de una cultura para pocos. El presupuesto del 2017 dejó esto a las claras cuando se aumentó lo destinado a las políticas que incentivan el turismo en la Ciudad de Buenos Aires, en detrimento de, entre otras cosas, el programa “Cultura en Barrios”, que brinda talleres artísticos gratuitos en escuelas a contra turno y cuyo presupuesto cayó en un 71%.

   Hay varias perspectivas desde las cuales analizar la problemática situación de la cultura en la Ciudad. En primer lugar, hay una emergencia en el ámbito del trabajo en el área. Las clausuras ilegítimas de los espacios, tanto teatros como centros sociales y culturales, milongas, clubes de música, dejan sin trabajo a no sólo a quienes se desempeñan en las distintas disciplinas artísticas sino también a quienes trabajan en la gestión de eventos y en la parte técnica y gastronómica. Con un objetivo claramente político pero también recaudatorio, desde la Agencia Gubernamental de Control (AGC) se cierran espacios mediante inspecciones llevadas a cabo por inspectores que no conocen las leyes y que abusan de su posición de controladores de normas de seguridad. Se extienden multas por los más diversos e ilegales motivos en sumas desmesuradas, impagables para los espacios pequeños. Por motivos económicos que tienen que ver con estas clausuras, solamente en los últimos dos años han cerrado más de 70 espacios culturales, incluyendo el del referente nacional del teatro Agustín Alesso.

   Por otro lado, los espacios gestionados por el Estado no se quedan atrás. En el Teatro Colón, como reclamaron sus trabajadores, “algo huele mal.” Las denuncias por la privatización de sus actividades y el vaciamiento financiero y cultural de sus contenidos no cesan. En diciembre del año pasado, la compañía de ballet del Teatro se vio obligada a ensayar en un espacio externo (conseguido por sus propios trabajadores) porque en el Colón estaba actuando Cacho Castaña, que había alquilado el espacio. Sí, alquilado.

   Esto, sumado a las críticas que se le hacen al actual Ministro de Cultura de la Ciudad, Ángel Mahler por contratar siempre a los mismos artistas para sus eventos, no llega a ser la peor de las situaciones que se presentan en la Ciudad de Buenos Aires.  El Teatro San Martín, actualmente bajo la dirección de Jorge Telerman, ha postergado una vez más su reapertura: no abrirá  hasta finales del mes de mayo, postergando más de un mes el inicio de su programación. El San Martín, que junto con el Teatro Alvear conforma una radiografía muy clara de la inoperancia y negligencia estatal, es también un espacio emblemático por la lucha de sus talleristas del 6to piso, donde estaba ubicada la Sala Alberdi. Incansables luchadores por la cultura pública que, en un gesto más que simbólico fueron reprimidos por segunda vez un 24 de marzo de 2013, en la intersección de las calles Sarmiento y Paraná. Hoy los talleres de la Alberdi son pagos, cuando antes eran de libre acceso.

   El destino de las políticas culturales del gobierno de la Ciudad no es incierto. Es simple ver hacia dónde se dirigen, que definición de cultura manejan y a quiénes está dirigida.

   Ante todo eso lo que queda es la acción.

   Hoy, los espectadores se convierten, también, en protagonistas de la escena, porque la cultura es  un derecho para todxs. Derecho al acceso y derecho al trabajo. Existen actualmente incontables colectivos de trabajo, artistas, gestores y espacios culturales  se hallan en Emergencia Cultural, un término acuñado en el centro de la actividad artística, que se manifiesta y lucha día tras día para romper las cadenas de la cultura que mercantiliza, de la cultura que vende, de la cultura que excluye.