Sobre los dos árboles: entre la pasión cainita y la reconciliación

Por Alan Ojeda

  “Somos las abejas de lo invisible”, pensaba Rilke, asignándole al poeta un espacio primordial en la salvación de lo vivo. También esbozó, alguna vez, estas palabras: “¿Quién habla de victorias? El resistir lo es todo”. El poeta: una abeja de granito, un soldado que resiste al desgaste, a la objetivación y vuela asumiendo todo riesgo para libar un poco de las flores del pneuma. Esta poesía que nos propone Rilke escapa a la experiencia sujeto-objeto, no representa, porque no hay nada que representar, al menos nada visible que haga lugar en el ojo, que le imprima una saeta de peligro y lo hiera. Este camino busca desandar la perdida y caminar hacia el encuentro tendiendo puentes entre la humanidad y lo que está detrás de las paredes que construimos para olvidar la muerte, para guardarnos de ella. Cuando la abeja de granito vuelve con el hálito a cuestas y lo trae, agitada, a la colmena, recordamos incluso, con horror, que aún hay algo más allá que no nos pertenece y rompe la armonía de nuestra frágil esfera diciéndonos: no estamos a salvo, afuera hay más peligros que los que estos muros contemplan.  En su texto “¿Para qué poetas?” Heidegger destaca unas palabras de Hölderin: “Donde abunda el peligro, crece lo que salva”. Las palabras del poeta de la torre no son otra cosa que una nueva entonación de lo que, alrededor de 1700 años antes, había dicho Pablo en su carta a los Romanos: “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; más cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (5:20). ¿Cuál es la relación? ¿Qué subyace a esas palabras? El trabajo del poeta por restituir una unidad de la experiencia con el mundo a través de lo que se le escapa y lo dosborda.

  La oscilación entre la separación y la unión es un problema que se hace presente desde el origen de la humanidad. En todas las culturas encontramos la cicatriz de una sutura forzada. Alguna vez el hombre irrespetó a los dioses, se separó de ellos y dejó de recibir al oído las palabras dulces de sus guardianes. Esa vez fue, también, la primera que sintió miedo. Desde entonces la historia del hombre no ha sido sino el intento de fundar sobre la piedra en la que Dios tropezó. Sin embargo, mientras la humanidad busca sumirse en el olvido a través de la creación de un gran útero artificial, el poeta crea sobre las melodías invisibles que escapan al cálculo de la materia. Entonces la sutura se rompe, se abre la herida y por ella entra la nostalgia de lo absoluto. Descartar de la poesía los problemas de corte teológico/místico es una forma de mutilarla y mutilarnos. A través de esa pasión profana excluimos de nuestra percepción toda incomodidad, nos sustraemos del afuera. Pero ¿cuál es esa piedra sobre la que funda el hombre? Thomas Karlsson, académico y esoterista sueco, esboza una respuesta. En su libro Qabalah, Qliphoth and Goetic Magic, Karlsson realiza un análisis pormenorizado de la relación del hombre, el mal y Dios. En el pecado original existe el primer indicio para alcanzar una visión cabal de lo que impulsa la vida como la conocemos. El hombre comió del fruto de la ciencia, del conocimiento del bien y el mal. Luego, expulsado del paraíso ha construido su mundo en torno a ese fundamento, de espaldas a la Divinidad. Se ha separado a si mismo de la creación, transformándola en objeto: creó su propia esfera, endeble y autodestructiva. Desde entonces el mundo nos es ajeno y sólo nos llegan fragmentos de los secretos olvidados a través de los símbolos dispersos en mitos y arcanos anónimos. En la piedra que Dios tropieza (Lucifer) el hombre funda. Sin embargo, ha olvidado el riesgo que eso implica: dormir bajo un sol que hiere, un frio que hiela, un tiempo que corre y es signo de lo-que-ya-no-coincide. Los poetas, los videntes, son aquellos que vuelven a esa herida, develan la llaga e introducen en ella un hierro al rojo. En este punto, no hay división entre sacros (Hölderin) y cainitas (Baudelaire) ya que prima la coincidencia en la herida mítica, ya sea como voluntad de reconciliación o como experiencia de aceptación total de la separación.

  Es imposible construir sobre lo que se ignora. Si hay una salvación posible es a través del acto verbal de la poesía que asume el lugar del hombre en el abismo, su caer sin golpe. El oficio del poeta es vivir en la memoria. Si él olvida, si él calla su canto a lo invisible, no hay esperanzas para el hombre. Si el poeta olvida todo para recostarse en la comodidad de una cama y soñar con una más cómoda, se entrega a la ilusión de la cultura. Es por eso que el poeta no escribe con lo que tiene, sino con la memoria de lo ausente para ser espacio de comunión. Los mitos, los símbolos enigmáticos, las imágenes aún mudas son las formas en las que las fuerzas invisibles se han condensado como trazos. ¿Es la magia la lectura de esos trazos? ¿Es el poeta un mago que señala con el dedo la fuga de nuestra esfera, la dirección del peligro y la caída? El poeta es un adivino situado en el horizonte entre el brillo de la luna llena y su lado oscuro. El poeta entona, a su manera: “nadie llega al mundo sino por mí”. Entonces ¿Para qué poetas? Para conocer la caída y caer conscientes con nuestro orgullo o construir el acenso.