Malvinas: punto ciego entre pichis, Rico y Poltronieri

Por Agustín Montenegro


   Malvinas es un entramado de historia colonial, coagulaciones nacionales/nacionalistas, puntos de mixtura entre reivindicaciones locales y dominio imperialista, viajes darwinistas y geopolítica. En ese entramado las izquierdas y las derechas se alinean a partir de factores disímiles entre los cuales la nación y la cultura entran a jugar, para algunos, por encima de la determinación de clase. Es la cultura, podríamos decir. Y es en ese entramado que las ficciones sobre Malvinas han cumplido un rol fundamental, a la par de las lecturas que la crítica ha hecho de esas ficciones.

   En uno de los textos más conocidos (y citados) sobre Malvinas, antes de que terminara la guerra, León Rozitchner escribió desde Venezuela a sus compañeros del Grupo de Discusión Socialista un ensayo que no sólo proponía que la guerra debía perderse, sino que aquellos que la apoyaban sostenidos por un materialismo dialéctico algo trasnochado traicionaban la memoria de los compañeros desaparecidos por la dictadura. Vale el ejemplo para establecer el terreno polémico: Malvinas, dice Rozitchner, es el “punto ciego” de la crítica política argentina.

   Esta idea organizó, sin programa ni filiación explícita, a la literatura de Malvinas. Es por eso que a toda reivindicación nacional le es difícil leer sino con ojos bizcos libros como Los pichiciegos o Las islas. Muchos dirían, “¿Y qué pasa con los chicos de la guerra?”, “¿Qué pasa con el heroísmo en que todo soldado incurre en el campo de batalla frente al enemigo?”. Prefiero saboteadores, acopiadores, verticalistas reyes magos de la sustracción topoide, pareciera decir Fogwill (en otro tempranísimo y lúcido diagnóstico de la guerra). Prefiero una fábula ciberpunk del menemismo, pareciera decir Carlos Gamerro, en donde las Malvinas son una performance de eterno retorno, una maqueta a escala, una obsesión digital de un comando de la SIDE o, en la peor de las instancias, una pesadilla de merca, fría y solitaria. Literatura de Malvinas equivale, dice Kohan, no solo a cuestionar la guerra, sino el concepto mismo de la patria (con todos sus símbolos, sus ritos, sus formas de socialización tempranas). El resto de los autores que han escrito ficción al respecto (cabe recordar: el soldado “stone” y el “loco de la guerra” en “Soberanía argentina” de Fresán, el excombatiente falso de “Memorándum Almazán”, de Juan Forn, entre otros) parecen seguir en la misma tradición de lectura. No hay instancia de acuerdo ni programa alguno que dicte las formas en las cuales debiera escribirse “literatura sobre Malvinas”. El corpus disponible parece coincidir en esta operación “deconstructiva” antes que en la exaltación del valor o el heroísmo. Si todo lo que fue la guerra de Malvinas fue tortura, confusión, sacrificio espurio… parecería un acto institucionalizador  y conservador por parte de un escritor rescatar elementos que estarían en un tercer o cuarto plano con respecto a otros.

   En el cine  los resultados mejores pueden verse en el terreno del documental. Ficciones como Los chicos de la guerra o Iluminados por el fuego son visiones centradas en los conscriptos. La mayor parte de ellas coincide en exponer el intento de condensar la voluntad popular, y en la posterior derrota como golpe de gracia al gobierno. El final de Iluminados propone, entre sus lugares comunes, una idea: la de separar a los conscriptos de los mandos represores. Si las representaciones de Malvinas buscan darse un relato épico (con todos los defectos que haya) deben dárselo por ese camino sinuoso.[1]

  El terreno del documental fue muchísimo más fructífero y también mucho más polémico. Malvinas: historia de traiciones de Jorge Denti, filmada en Inglaterra y Argentina en 1984,  es un gran testimonio de las clases obreras frente a la guerra pero también en el medio del desmantelamiento neoliberal. La historia de Oscar Poltronieri, único soldado conscripto que recibió la máxima condecoración por valor en combate fue filmada en el documental El héroe del Monte Dos Hermanas (Rodrigo Vila). Hay, luego, un núcleo posible que cruza las historias personales con la historia colectiva: la problemática Desobediencia debida, de Victoria Reale se incluye allí, así como La forma exacta de las islas, de Edgardo Dieleke y Daniel Casabé. Mientras que la historia de Reale (hija de un médico militar que le salvó la vida a un inglés) está inscripta en Malvinas por la vía familiar, La forma introduce una extraña forma de insertarse en la historia de las islas, a partir del protagonismo de Julieta Vitullo, quien investiga las representaciones de la guerra (cine y literatura) para confrontar su conocimiento con las islas.

   Los problemas de Malvinas hoy están en la superficie. La situación reciente que se generó con la docente que transmitió un video que apoya programáticamente a la dictadura cívico-militar, demostró que las discusiones en torno a la memoria y a su laboriosa construcción pueden estabilizarse a través de determinadas variables, pero nunca se terminan. Malvinas tiene un lugar epilogal ahí: “Ah! Para que sepas… ¿Sabes dónde están los que defendieron a tu país en esa época y muchos son excombatientes de Malvinas? Están presos!… Por el gran negocio de los Kirchner jugando con la vida de nuestros héroes…” La gramática, el concepto, la apología de la tortura y de la desaparición ofenden, por supuesto. Pero el video muestra una verdad: la concepción militarista de derecha expresa una continuidad absoluta entre los “héroes” de los grupos de tareas y los “héroes” de Malvinas. Reflejo explícito de esta continuidad: Poltronieri, “el Rambo argentino”, conscripto heroico, tuvo el dudoso honor de participar en el desfile militar del Bicentenario con el carapintada Aldo Rico y junto a Emilio Nani, quien “defendió a la Tablada de los terroristas”, al decir twitero de Cecilia Pando[2].

   La construcción de la memoria de Malvinas está atada a los progresos realizados en torno a la memoria de la dictadura. Y la literatura, ahí, creo quizás con una idea esperanzada, tiene mucho trabajo por hacer. Si Malvinas es un hecho de la dictadura, y la literatura sobre la dictadura evolucionó en una miríada de relatos ficcionales y poéticos… ¿no cabe pensar que debe llegar un sacudón dentro de la literatura de Malvinas, que permita complejizar la estela incuestionable de Los pichiciegos? Quizás el golpe de Fogwill y Gamerro haya pateado el tablero de forma definitiva y haya establecido un sistema disímil, haciendo imposible barajar y dar de vuelta.

   El punto ciego es aquello que la constitución misma del ojo nos impide ver. Pero es también aquello que la coyuntura, en movimiento, nos borra momentáneamente del campo de visión: hay que estar atento para hacerlo aparecer. Así como la guerra de Malvinas era un “punto ciego” para la política, acaso ahora lo que conocemos como “la literatura de Malvinas” es lo único que la propia literatura y la crítica ven. Ya no sobre la guerra, sino sobre el problema en general. En algún lugar, entre la puerta de atrás y el espejo retrovisor, Malvinas avanza con su coyuntura inmediata. El punto ciego nunca se actualiza y, en consecuencia, es la literatura la que ocupa todo el campo de visión, reemplazando esa especie de problema obturado con ficciones inventivas e irónicas.

[1] Según una investigación de los Equipos de relevamiento y análisis de la documentación de los Archivos de las Fuerzas Armadas, los soldados derrotados eran llevados a diversas dependencias del Ejército para ser “engordados”. Desde allí, el mensaje que se les transmitía era: “ustedes han formado parte de una de las gestas del Ejército Argentino, que incluyen a las dos invasiones inglesas, las campañas del Alto Perú y de los Andes, las campañas por la integración territorial de la Patagonia y el Chaco, y la lucha contra la subversión”. Si esa es una línea de significantes inquebrantable, entonces cualquier épica de Malvinas que no sepa hacer las mediaciones necesarias o los giros deconstructivos de un Fogwill terminaría reivindicando las acciones de la dictadura.
[2] Por otra parte, la Asociación Combatientes de Malvinas por los Derechos Humanos se negó a desfilar: “El 10 de julio no desfilamos junto a torturadores. Los colimbas tenemos memoria”